Anoche buscando entre papeles encontraría una carta que escribiría poco tiempo después de tu partida y que, por alguna razón, nunca enviaría. Probablemente no recuerdes la última vez que te fuiste, pero sentí como me arrancabas una parte de mí, dejando una ausencia y una tristeza que me costaría tiempo recomponer. Lo que más me entristeció cuando te marchaste fue no volver al encuentro, habiendo renegado de cualquier acto por presenciar de nuevo una invitación tuya. En cambio, hice un gran esfuerzo para no volver a ti y, a pesar de este esfuerzo, pensarte y extrañarte era mi debilidad.

No es casualidad que en la carta te describiese como una devoción o un secreto llevándome a un estado de locura y muerte, ni tampoco lo es el no haberme encontrado con ese tono trágico y dramático en mis palabras, ya que en el transcurso del tiempo he ido evolucionando, transformando ideas y sentimientos que no nos damos cuenta mientras pasa el tiempo. Suceden de forma lenta hasta manifestarse de forma explosiva.

Durante este tiempo he permanecido en un fondo de innegable desesperación, mudándome incansablemente, de ciudad en ciudad, de hogar a hogar. Vivir esa movilidad de forma incansable ha provocado en mí la pérdida de sensación de pertenencia alguna. El irme sin pensarlo dos veces por la puerta de atrás de aquellos hogares, sin hacer ruido, ha ocasionado en mí una situación de desamparo y crisis emocional. Una identidad personal, social y cultural que tiene como nombre el desarraigo. Esta carencia me ha conducido a la melancolía – melancolía como un estado del alma, de la mente o del cuerpo, incluso, una pasión o un sentimiento –, antes incluso de abandonar la casa.

Escribir estas palabras no es más que la hendidura al percatarme de que no fue tu partida lo que me arrastró a un intento desesperado y ridículo de construir algo de la nada, sino el aferrarme a un sentimiento de retorno, nostalgia y pertenencia que ha hecho que todo abandono me pese. No importa cuántas veces vuelvas, quien se ha tenido que ir del hogar antes o después ha sido tocado. Allí donde no persiste vestigio disponible para el disfrute ocasional, se intensifica la sensación de la perdida.

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Confieso que hubo un tiempo donde tuve envidia de Ren Hang, sentí esa complicidad que se crea entre los depresivos. Sí, confieso que existió ese tiempo y lugar donde en cada suicidio que leía por las redes sociales, noticias, trenes en los que he viajado, llegaba a sentir alivio y envidia por no encontrarme en esa situación, sintiéndome si más cabe inútil por no llegar a realizar tal acto.

Lo más cercano que estuve a ese estado de fallecimiento fue en las madrugadas, donde el silencio se apoderaba de la habitación y, sólo cuando el sueño asistía por todo el cansancio mental, también un sentimiento apaciguo se asomaba sintiéndome así más cerca de la muerte, deseando que esa fuese la última noche. Sentía pues, un suicidio metafórico, consciente de que aquello me estaba matando y no podía hacer nada para remediarlo.

Durante este tiempo he comprendido que existe una barrera muy fina y sin darte cuenta, la melancolía te ha hecho suya. Dentro de mí hubo tantas reflexiones como veces que pedí perdón por mi comportamiento, creyendo que todo cuanto hacía era lo incorrecto hasta aislarme por completo y no tener que enfrentarme a lo políticamente correcto ni a las frases motivacionales, ya que lo único que se consigue es hacer más daño.

Somos conscientes de que algo no está bien dentro de nosotros, y aun así somos juzgados. Y dentro de toda esta desazón existe una esperanza de querer vivir y lo deseamos, ocurre que no se tiene autoestima suficiente para sentir la fuerza de salir ni desprenderse de todo malestar. Sorpresa: no nos gusta estar en esa sensación de desazón permanente.

No es fácil comprendernos y mucho menos hacernos comprender, las palabras no son ordenadas ni coherentes ya que el insomnio nos lleva a un estado de inercia que las únicas ganas de levantarse es para ir de la cama al sofá y viceversa. Sólo cuando empecé a retomar, llegué a comprender cuán difícil puede llegar a ser uno acompañante ya que no es sencillo oír de un ser querido que no desea vivir mucho más. Para todos aquellos acompañantes lo sentimos en el alma, nuestra mente es una bomba de relojería. Es agotador ser parte de la herida, pero aún más ser la herida, es por ello que la paciencia y la empatía son esenciales en vosotros, los acompañantes, debiendo de estar presente constantemente. Escuchad y observar, porque seguramente lo que estemos pidiendo es auxilio.

XIV

Cuántas veces habré dejado de mirarte por estar llorando la ausencia, cómo puedo confesarte que me hiciste herida, de qué manera sucediste para llegar a sentir que no hay nada más que belleza en la muerte, en qué momento pasaste a ser la carga de mi soledad, por qué vuelves si ya estoy destruida.

¿Sabes? A veces habría deseado que te hubieses quedado impávido, tal vez así no te habría dado invitación a la pena, no me habría abandonado al hastío, no habría conocido las heridas que no dijimos. Sólo de esta manera no me preguntaría por el perdón.

XXIII

¿Cuándo el vértigo deja de asomarse para encontrar a la niña que fui y la mujer que soy? Es en este lugar, donde el crujir de los bosques susurra a los sueños de quienes duermen, donde lloro a la tumba que se encuentra llena de flores. Es en esta hora, donde busco refugio en la espera de tu ausencia, donde el existir se vuelve indomable.

XXII

Quisiera morirme,
tantas veces
cuando al mirar hablas,
y esconderme entre
las malezas de las entrañas.
Quisiera, tal vez,
ser suicida,
mientras te cojo de la mano
en el vacío del umbral
que tanto callas.

Segundos nacimientos.

Cuando pasas por una depresión emocional, siendo esta cruel e íntima, procuras no desprenderte de toda ingenuidad. Siendo un fracaso, lucho ahora por volver a esa ingenuidad aprendida para que así el cinismo no me coma.

En estos dos años que han transcurrido, puedo decir que tras este episodio me encuentro con más fuerza de la que me imaginaba tiempo atrás. Ni si quiera llegué a creer que algún día pudiese sentirme con ganas de volver a salir a la calle, pero no puedo evitar muchas veces caer en la desesperación de no sentir tal ingenuidad, de sentirme tan infantil a veces.

Hace unos meses conocí a una persona, siendo una relación esporádica de un par de encuentros casuales como ocurre la mayoría de las veces, pero que por su andar, su mirada, su modo de hablar y reírse hizo que desprendiese de mí una ternura que hacía tiempo atrás no sentía, estando totalmente latente. Como si su ingenuidad llena de candor hiciese de mí mejor persona.

Con el transcurso del tiempo siento que no ha sido así, creando sólo en mí unos celos y anhelos por esa carencia juvenil. Aquí es cuando nace mi decepción como persona, intentando luchar contra esa frustración tiempo atrás.

A día de hoy me planteo mi fracaso y que pensándolo bien, habría sido más fácil desprenderse de todo sufrimiento que suponen los regresos.