Agnes

Milán Kundera, ese hombre que tiene las manos más bonitas que jamás he visto. No, no es una metáfora por como escribe pero podría empezar por ahí.

Kundera es mi escritor favorito desde que tengo uso de razón y bien es sabido que en cada relato y novela – sobre todo novelas – ahí estoy yo, sintiéndome protagonista de cada uno de éstos, de cada personaje. Esta vez es de Agnes, protagonista de “La Inmortalidad”. El amor hacía su padre, su forma de ser e incluso sus gestos, sentía ser yo. Agnes, un personaje con una vida cotidiana pero por dentro se encierra más de un pensamiento que hace que desconectes de esa cotidianidad. Me quedé prendada de ella en el primer momento que hace un gesto que casualmente también yo lo hago y no fui consciente hasta leer “La inmortalidad”.

Hoy os traigo no sólo una fotografía protagonizando a Agnes, sino un pequeño fragmento extraído de este libro.

Ese momento en el que Agnes, de pronto, sin preparación previa, levantó la mano con un movimiento acompasado y suave, es mágico. ¿Cómo es posible que en una sola fracción de segundo y a la primera haya encontrado un movimiento del cuerpo y el brazo tan perfecto, pulido y parecido a una acabada obra de arte?

A casa del padre de Agnes solía ir entonces una señora de unos cuarenta años, secretaria de la facultad, para llevarle algunos papeles que debía firmar y recoger otros. (…) Cada vez que la secretaria estaba a punto de marcharse, Agnes corría a la ventana para observar disimuladamente. Una vez, cuando salía de la casa en dirección a la puerta del jardín, se volvió, sonrió y levantó el brazo en un movimiento inesperado, suave y acompasado. Fue inolvidable: la acera sembrada de arena brillaba a la luz del sol como un arroyo de oro y a ambos lados de la puerta florecían dos jazmines. El gesto dirigía hacia arriba como si quisiera mostrarle a ese rincón dorado de tierra la dirección en la que debía salir volando y como si los blancos jazmines hubieran empezado ya a transformarse en alas. Al padre no se le veía, pero por el gesto de la mujer se deducía que estaba en la puerta de la casa y la miraba. Aquel gesto fue tan inesperado y bello que quedó en la memoria de Agnes como la huella de un relámpago; la invitaba a recorrer las distancias del espacio y el tiempo y despertaba en una muchacha de dieciséis años un deseo confuso e inmenso.

Agnes

Yo soy Agnes, soy esa secretaría, soy ese gesto acompasado y suave.
No dejéis de inspiraros nunca y más donde os veis reflejados.

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