La despedida

Aún en la madrugada te miro como si nos hubiésemos encontrado por primera vez en este amor pasivo y no hablas, nunca lo haces. Entonces te giras para mirarme y sé perfectamente hacía donde irá esa sonrisa ladeada que aún con los años me ruboriza. Siempre lo hará, aún cuando te vayas lejos de aquí. Porque sé que te irás y desesperaré intentando desaparecer el tiempo cuando no te encuentre al otro lado del salón, gastando toda mi energía por intentar no olvidarnos. Porque si de algo sé es de olvidos y hemos tenido suficientes como para saber que aún nos seguimos mirando como la primera vez que me enamoré al encontrarte. Pero por si acaso te pido que no lo hagas, al menos que, la honestidad te lo pida antes que el miedo.

El dolor es menos doloroso cuando la honestidad reside en los cuerpos de los amados.

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En blanco y negro.

Le propuse ir a un cine erótico y no supo solamente que contestarme “eres como una película francesa“.

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Ojalá tuviese yo las tetas y el rostro de Anna Karina y no sólo la tristeza de sus ojos.

Nos olvidamos mal y tarde.

No sé de qué manera me obsesione con tus caderas aquella noche ni porqué te pedí el número de teléfono como de la misma manera que tampoco sé bailar, pero esto último no es ninguna novedad. Tampoco lo es mi obsesión por las postales ni esperar a encontrarte en una de ellas, que como siempre, llegará de la misma manera que como nos olvidamos: mal y tarde.

Supongo que se ha convertido en algo rutinario, el olvidar.

3:33 AM

Si bien hace cuatro años protagonizaba mi vida en un futuro que se parece a lo que estoy viviendo pero, hoy creo llevarlo todo a la nostalgia. Me pregunto si existe una empatía próxima y en la madrugada observo las calles vacías y las últimas luces de la ciudad, ésta ciudad que no es mía ni me ha visto crecer pero que al fin me hace sentir un poco menos sola porque sé que tras esas cortinas alguien se esconde igual de jodido que yo. O no. Tal vez el hecho de pensar así es lo que me hace reflexionar sobre si existe vida en otra parte.

Lo que peor llevo es la apatía que yace en mi ser y me refugio en un pasado que miro tras el cristal del salón de mi casa. No hay un día en la que no piense en mi infancia y si aún tendrá la misma estructura aquella habitación que dejé hace diez años atrás. No hay día que vea a esa niña de doce años sometida a un sufrimiento que no llegaba a entender porque aún no se explicaba lo que significaba la palabra vida. La vergüenza cae de nuevo ante mi ser y ante el sufrimiento causado hacía una madre que aún ni los años me lo han perdonado.

Entonces retrocedo y me retuerzo en el sofá pensando en Madrid, de nuevo en el hogar y en el olor a lavanda que entraba por la ventana de la cocina. Es jodido porque creo estar confundida con un recuerdo que me lleva a ese lugar y, entristece cuando el olor se marchita, porque el olor es la proximidad de alguien o algo y es lo primero que perdemos cuando nos alejamos. Ya no importa pero, sigue entristeciéndome porque esos áticos y esas vistas son las que realmente me han hecho crecer, donde me escapaba en la madrugada y paseaba por las calles de esta ciudad rumbo a ninguna parte. Al principio no fue así, en cambio sí lo veía tras la ventana mientras me ahogaba en un mar negro y oscuro, difícil y diría casi imposible subir a la superficie. Y cuando crees que no hay más obstáculos, ocurre lo inevitable, otro cambio y otra ciudad en la que pensar en Madrid. Supongo – porque de esto se trata, de suponer toda la vida – que de todas las ciudades de España en las que he vivido, ésta es la que me ha hecho sentir cobijada.

Me lamento muchas veces, no sé de qué realmente, tal vez de no saborearlo todo. No echo de menos mi pasado porque no he sido feliz hasta hace cuatro años donde protagonizaba un futuro pero, si hubiese olido más ese olor a lavanda ahora mismo no sudaría por intentar llegar a ese recuerdo que, de verdad, me mata.

Yace mi cuerpo en un lugar que no es mío ni me ha visto crecer y en cambio, mi mente viaja por las calles de Madrid a una habitación idealizada por el recuerdo infantil, la estupidez humana de tener un hogar, el insulto de tener que atraparlo todo. Así estoy yo, llevándolo todo a la nostalgia porque sino estoy a un paso de preguntarme si realmente existe vida en Marte.

Perdóname

De un tiempo a esta parte me he abandonado en un bosque olvidándome de todos los nombres que me hilan a las cosas y he caído en un abismo al no encontrar tu rostro, ese rostro que me quema las mejillas y el sexo.