Te has apiadado tanto de mí que hasta no llorar la penúltima ausencia no me he percatado de que esa es la crueldad que reside en ti.

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La tristeza del mar cabe en un vaso de agua

Los hombres tristes,
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas de la ocasión perdida,
se parecen a mí.

(Luis García Montero)

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En este tiempo hemos sido dos cuerpos que al juntarse florecen en mitad de un bosque quemado después de arder, y han vuelto tus manos calientes a tocarme los párpados, los labios finos, las heridas y las fatigas. Has deslizado tu mirada a mi ombligo infantil y has jugado hasta no poder más lanzándote a mi sexo. Me he impregnado de tu olor emborrachándome así hasta olvidarme de mi nombre y abandonarme. Han vuelto tus manos y he florecido ante la vida.

La fiesta de la insignificancia

El último libro de Kundera (La fiesta de la insignificancia) nos habla de una utopía asesinada, expresando una actualidad donde el individuo no existe, diciendo adiós a la Guerra Fría, a Stalin, al comunismo y al capitalismo, y mientras, nos manifiesta de forma metafórica – no es la primera vez que lo hace en sus novelas – con el ombligo un acontecimiento hacía lo innovador,  burlándose de nosotros y de la broma. Todos tenemos ombligo, o mejor dicho, todos nos creemos el ombligo del mundo en el S.XXI, con las nuevas tecnologías e internet, y en cambio, somos insignificantes para el mundo. Estamos solos, como todos los demás. Somos una soledad rodeado de soledades.

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Me causa dolor esta imagen. Me desgarra los huesos. Me siento tan lejos de todo que me sangran hasta las palabras. Los parpados caen y no me deja ver el mar invisible que traen tus ojos.

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En el restaurante

La vida sería insoportable 
si tomásemos conciencia de ella 
(Fernando Pessoa)

Seis personas son demasiadas personas 
y un lugar público el lugar equivocado 
para lo que estás pensando 

– detén esto ahora -. 

¿Quién te crees que eres? 
El pato à l’orange es espectacular, 
la tarta la mejor de la ciudad. 

Pero ahí entre tus amigos, 
están los sobreentendidos, como siempre, 
la cháchara y la alegría como canción de 
costumbre. 

Y está tu vacío crónico 
que sube en espiral en busca de palabra 
que no te atreverás a decir

sin ironía.
Deberías haberte quedado en casa.
Es parte del contrato social

aparentar estar donde está tu cuerpo,
y, por el amor de Dios, has estado en otra parte,
como ahora, incontables veces;

compórtate, disimula.

Seguro que crees que parte de la buena educación
es hacer la vista gorda, dejarlo pasar. 
Alaba la ensalada César. Alaba el vestido negro 

de Susan, el ascenso de Paul y su aumento de sueldo. 
Imperdonable, la masacre en este mundo. 
Insuficiente, el hombre simplemente honrado.

(Stephen Dunn)