Encuentro en la muerte una tregua, un alimento para este cadáver cansado y deshidratado. La soledad que se apoderaba en las penumbras, el miedo – y deseo tantas otras veces – a quedarme dormida por si no despertaba nunca, han cobrado vida. Le he puesto nombre y cuerpo a este temor que resulta ser ahora mi única religión, la casa del Señor ante mi muerte y resurrección.

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He comenzado a llorar porque veo en tus ojos la humildad del ser humano, un cuerpo y unas manos que no pueden romper el corazón de nadie. Veo en ti todo aquello de lo que me enamoré y lloro porque, el daño que he causado a este hogar no me lo perdonaré jamás. Lucharé para que estos ojos tristes vuelvan a su cauce, donde cuando me mires no sientas piedad de mí. Coger la fuerza y expulsar la aflicción en esa cama que nos une en cuerpo y alma, tocar tu piel suave que nos lleve a otro lugar que no sea la herida. Evaporar toda tragedia y hundirnos hasta que al mirarme sientas de verdad lo que siento. Que lo siento.