Me repetía una y otra vez que algo dentro de mí florecía, que tenía ramas en flor en vez de costillas. Yo sabía que no era verdad, pero lo repetía tantas veces como si sólo eso fuese mi única creencia, la biblia del Señor. Ahora temo a esta religión – tan bella y salvaje que me hace mirar al exterior sin que duela -,
temo volver y saber que no es verdad,
temo volver a marchitar.

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