XIV

Cuántas veces habré dejado de mirarte por estar llorando la ausencia, cómo puedo confesarte que me hiciste herida, de qué manera sucediste para llegar a sentir que no hay nada más que belleza en la muerte, en qué momento pasaste a ser la carga de mi soledad, por qué vuelves si ya estoy destruida.

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te quise, por eso aún no puedo perdonarte.

¿Sabes? A veces habría deseado que te hubieses quedado impávido, tal vez así no te habría dado invitación a la pena, no me habría abandonado al hastío, no habría conocido las heridas que no dijimos. Sólo de esta manera no me preguntaría por el perdón.

XXIII

¿Cuándo el vértigo deja de asomarse para encontrar a la niña que fui y la mujer que soy? Es en este lugar, donde el crujir de los bosques susurra a los sueños de quienes duermen, donde lloro a la tumba que se encuentra llena de flores. Es en esta hora, donde busco refugio en la espera de tu ausencia, donde el existir se vuelve indomable.