Anoche buscando entre papeles encontraría una carta que escribiría poco tiempo después de tu partida y que, por alguna razón, nunca enviaría. Probablemente no recuerdes la última vez que te fuiste, pero sentí como me arrancabas una parte de mí, dejando una ausencia y una tristeza que me costaría tiempo recomponer. Lo que más me entristeció cuando te marchaste fue no volver al encuentro, habiendo renegado de cualquier acto por presenciar de nuevo una invitación tuya. En cambio, hice un gran esfuerzo para no volver a ti y, a pesar de este esfuerzo, pensarte y extrañarte era mi debilidad.

No es casualidad que en la carta te describiese como una devoción o un secreto llevándome a un estado de locura y muerte, ni tampoco lo es el no haberme encontrado con ese tono trágico y dramático en mis palabras, ya que en el transcurso del tiempo he ido evolucionando, transformando ideas y sentimientos que no nos damos cuenta mientras pasa el tiempo. Suceden de forma lenta hasta manifestarse de forma explosiva.

Durante este tiempo he permanecido en un fondo de innegable desesperación, mudándome incansablemente, de ciudad en ciudad, de hogar a hogar. Vivir esa movilidad de forma incansable ha provocado en mí la pérdida de sensación de pertenencia alguna. El irme sin pensarlo dos veces por la puerta de atrás de aquellos hogares, sin hacer ruido, ha ocasionado en mí una situación de desamparo y crisis emocional.

Escribir estas palabras no es más que la hendidura al percatarme de que no fue tu partida lo que me arrastró a un intento desesperado y ridículo de construir algo de la nada, sino el aferrarme a un sentimiento de retorno, nostalgia y pertenencia que ha hecho que todo abandono me pese. No importa cuántas veces vuelvas, quien se ha tenido que ir del hogar antes o después ha sido tocado. Allí donde no persiste vestigio disponible para el disfrute ocasional, se intensifica la sensación de la perdida.

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