La guerra no es tanto por tu ausencia, es por no volver a los brazos del consuelo. Tal vez sólo de esta manera me estoy preparando para el fracaso.

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La liberación

A veces deseo encontrarme con tu imagen que me lleve más allá de la masturbación y confesarte los secretos, aquellos que nunca me he atrevido por miedo a que me mirases con tus ojos negros, profundos como el infierno. Temo que arda lo poco de mí y en cambio, deseo que ardas junto a mí.

Sólo algún día confesaré cuánto te quise ante el dolor, sólo ese día el invierno vendrá a abrazarme para arder juntos.

 

Perdonarte fue una de las tareas que me resultaba lejos de realizar, pero ahora que lo he hecho, no me queda nada detrás de esta roca,
ya derrotada,

destruida, quemada,

ajena de todo pensamiento y recuerdo que viene impávido.

XVI

Ahora que la vida sucede y se junta la mediocridad con las ganas de sentirme más cerca, donde existe más que muerte y las cenizas bailan entre la luz y la sombras, es en esta hora donde no quiero que me quieran sólo porque no puedan poseerme.

Hiroshima, mon amour.

Me he olvidado de cómo llena de horror el olvido. Un olvido puro y duro, pero que de alguna manera siento que nos ha de llevar a la liberación. Esta liberación, a veces desesperante, no trata más que de matar las horas muertas. Tal vez de tu llegada, más bien de tu ausencia, quién sabe si de tu marcha.

Anoche buscando entre papeles encontraría una carta que escribiría poco tiempo después de tu partida y que, por alguna razón, nunca enviaría. Probablemente no recuerdes la última vez que te fuiste, pero sentí como me arrancabas una parte de mí, dejando una ausencia y una tristeza que me costaría tiempo recomponer. Lo que más me entristeció cuando te marchaste fue no volver al encuentro, habiendo renegado de cualquier acto por presenciar de nuevo una invitación tuya. En cambio, hice un gran esfuerzo para no volver a ti y, a pesar de este esfuerzo, pensarte y extrañarte era mi debilidad.

No es casualidad que en la carta te describiese como una devoción o un secreto llevándome a un estado de locura y muerte, ni tampoco lo es el no haberme encontrado con ese tono trágico y dramático en mis palabras, ya que en el transcurso del tiempo he ido evolucionando, transformando ideas y sentimientos que no nos damos cuenta mientras pasa el tiempo. Suceden de forma lenta hasta manifestarse de forma explosiva.

Durante este tiempo he permanecido en un fondo de innegable desesperación, mudándome incansablemente, de ciudad en ciudad, de hogar a hogar. Vivir esa movilidad de forma incansable ha provocado en mí la pérdida de sensación de pertenencia alguna. El irme sin pensarlo dos veces por la puerta de atrás de aquellos hogares, sin hacer ruido, ha ocasionado en mí una situación de desamparo y crisis emocional.

Escribir estas palabras no es más que la hendidura al percatarme de que no fue tu partida lo que me arrastró a un intento desesperado y ridículo de construir algo de la nada, sino el aferrarme a un sentimiento de retorno, nostalgia y pertenencia que ha hecho que todo abandono me pese. No importa cuántas veces vuelvas, quien se ha tenido que ir del hogar antes o después ha sido tocado. Allí donde no persiste vestigio disponible para el disfrute ocasional, se intensifica la sensación de la perdida.