Entiende que vengo herida, por lo que me será difícil escribirle las palabras adecuadas. Usted ha sido la persona que me salva. Hacía tiempo que no pasaba unos días tan cálidos con usted, donde la noche se convierte en el hogar. Sí, ha vuelto a hacerlo. No sé cómo agradecer tal inmensidad que me recorre el cuerpo, la misma que el pasear a su lado cogidos de la mano sin mediar palabra alguna. Me he otorgado el placer de sentir, de nuevo, la calma de los amantes.

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Sólo os pido una cosa para mi entierro: flores muertas y ningún epitafio. La tierra se ocupará del resto.

Celebraré mi entierro en el lugar del crimen donde he sepultado mi tumba que no tiene nombre porque no existe, sólo el infierno que se sostiene en mis costillas sabe de lo que hablo. Un infierno donde los cadáveres de animales se acurrucan alrededor de mi carne aún caliente que huele a tierra mojada y desprende odio por todas partes.

Me repetía una y otra vez que algo dentro de mí florecía, que tenía ramas en flor en vez de costillas. Yo sabía que no era verdad, pero lo repetía tantas veces como si sólo eso fuese mi única creencia, la biblia del Señor. Ahora temo a esta religión – tan bella y salvaje que me hace mirar al exterior sin que duela -,
temo volver y saber que no es verdad,
temo volver a marchitar.

Encuentro en la muerte una tregua, un alimento para este cadáver cansado y deshidratado. La soledad que se apoderaba en las penumbras, el miedo – y deseo tantas otras veces – a quedarme dormida por si no despertaba nunca, han cobrado vida. Le he puesto nombre y cuerpo a este temor que resulta ser ahora mi única religión, la casa del Señor ante mi muerte y resurrección.